Cuentan las voces de los abuelos que en los tiempos del Gran Zenú, cuando la tierra escuchaba el respiro de los antiguos, gobernaba la provincia de Finzenú la gran Cacica Totó. Ella no era solo autoridad sobre la gente; era la suma sacerdotisa, hermana de los grandes caciques de Panzenú y Zenúfana.
Por llevar en su sangre la vibración sagrada del universo, Totó tenía prohibido tocar el suelo. Para que sus pies no profanaran la tierra sagrada ni esta consumiera sus fuerzas, sus discípulos le ofrecían la espalda, sirviendo de puente vivo por donde caminaba la sacerdotisa.
Finzenú era el territorio del reposo final, el lugar sagrado donde reposaban los señores y grandes figuras del mundo Zenú. Hasta allí llegaban las gentes desde lejanos dominios a entregar sus pagamentos: adornos de filigrana, narigueras y el oro puro de los ríos. Con ello aseguraban su sepelio y compraban el derecho de descansar custodiados por los ritos de Totó.
En el corazón de este territorio sagrado se erguía la abuela del monte: la mayor Ceiba Blanca de la región. De las ramas del añoso árbol colgaban finas campanillas de oro que vibraban al menor suspiro del aire. La Cacica Totó, sabia lectora del lenguaje del viento, la muerte y el agua, usaba aquel árbol como oráculo.
Mucho antes de que los mensajeros cruzaran las ciénagas con la noticia, el aire de los territorios anunciaba el fin de un grande. Cuando un cacique o señor relevante caía en tierras distantes, las campanillas de la Ceiba de la dirección de donde vendría la noticia comenzaban a repicar con un murmullo dorado.
Al escuchar el sonido en el viento, la Cacica Totó levantaba su mirada, interpretaba el rumbo de la brisa y daba la orden a sus gentes. Antes de que el viajero llegara en canoa o a pie, el pueblo ya preparaba el montículo de tierra donde la gran figura sería sembrada para siempre en la eternidad del Gran Zenú.
Totó encendía calillas de tabaco puro para que el humo sagrado limpiara el ambiente, espantara los malos vientos y elevara la intencionalidad del rito.
Una vez preparado el montículo de tierra y llegado el difunto, daba inicio al rito sagrado de preparación para el viaje supremo:
En grandes totumas con el agua bendita recogida del río Sinú, bañaba por última vez el cuerpo del difunto, purificando su materia. Le colocaba suaves flores de la gran Ceiba Blanca sobre los ojos, permitiéndole ver con luz y claridad el camino hacia el mundo espiritual. Sellaba la boca del viajero con algodón puro de la tierra, asegurando que su paso hacia los ancestros y el Gran Espíritu fuera ligero de cargas, en silencio reverente y en completa paz.
Así, durante tres días mientras preparaba al difunto, le hablaba la palabra bonita, le recordaba quién había sido, sus logros y las buenas acciones que había tenido. Una vez acabada la última noche, entonaba cantos a la Madre Tierra y, el cuerpo finalmente, era sembrado mirando al este en el montículo mientras sonaban los pisones; el alma del viajero o sabio se elevaba y volaba libre, guiada por el humo, el agua, el repique de oro de la Ceiba mayor, del canto de los pisones y del baile de la gente del Mundo medio.
Así me lo contaron los mayores y así era…
