En la tradición del Pueblo Zenú, la Tierra no es un recurso ni un simple territorio; es un ser vivo, un fragmento del espíritu de la Gran Madre Cósmica, quien según nuestras creencias, no estaba sola: estaba acompañada por otros seres que la complementaban en la creación. Por su curiosidad, se alejó de su espacio, salió más allá de donde estaba y se perdió en la oscuridad del espacio-tiempo, quedando aislada donde se encuentra ahora. Al encontrarse sin su complemento, comenzó a crear por sí misma, pero algunas cosas salían imperfectas, porque faltaba la armonía de su complemento.
Para salvaguardar una parte de sí misma y evitar que fuera corrompida, decidió desprender un fragmento de su propio espíritu, y así se creó la Tierra, por eso nosotros los indígenas la llamamos Madre Tierra.

Mientras parte de su esencia permanece aquí, ella sigue en lo alto, rodeada de los seres que ha creado, quienes absorben parte de su energía y la mantienen aislada. Aunque la Gran Madre Cósmica se defiende y no les permite dañarla del todo, nosotros, los que habitamos la Tierra, tenemos la misión de ayudarla a avanzar y liberar su energía. Cuando su energía es debilitada por estos seres, ese dolor se siente en los territorios y puede manifestarse como catástrofes o desequilibrio en la Tierra.
Para sostener la creación de la Tierra, la Gran Madre Cósmica desprendió tres pulsos de su propia esencia, los cuales vinieron a ser custodiados y organizados por nuestros padres creadores Manexka y Mexion, quienes provenían de las estrellas.

En la tradición Zenú se dice que:
Manexka procede de las Pléyades, portadora de la energía expansiva y ordenadora.

Mexion procede de Sirio, portador de la energía profunda y estructurante.

Ambos descendieron a la Tierra y, con su unión, nos procrearon y dieron origen al Sol (Ninha) y la Luna (Thí) utilizando su propia energía. Por eso, el Sol y la Luna no solo iluminan, sino que sostienen el equilibrio de los pulsos que la Gran Madre Cósmica dejó aquí para proteger su esencia.

Estos tres pulsos cayeron sobre el territorio del Gran Zenú, dando origen a las tierras Negra, Amarilla y Roja, que aún hoy guían a Panzenú, Finzenú y Zenúfana. Cada tierra es una manifestación del espíritu de la Gran Madre Cósmica y contiene los polos complementarios de frío/caliente, negro/blanco, masculino/femenino. Esta dualidad se manifiesta en todas las cosas y los seres vivos, desde la semilla hasta los animales, el agua, el aire, el fuego y los humanos. Nada existe como absoluto; todo está en relación y equilibrio de opuestos que se complementan.
La Tierra Negra es la Madre que nutre, fuente de fertilidad y abundancia.

La Tierra Amarilla es la Joven, que aprende y se renueva.

La Tierra Roja es la Anciana, fuerte y firme, que sostiene la memoria y la fuerza del linaje.

Así, la cosmovisión Zenú nos enseña a leer la energía de la Madre Tierra, a entender la vida como un equilibrio de fuerzas y a honrar la esencia de la Gran Madre Cósmica que habita en nuestro planeta.

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