La luna, ese astro que nos acompaña en las noches, ha sido objeto de fascinación y misterio desde tiempos inmemoriales. En la modernidad, la ciencia nos ha mostrado la luna como un satélite natural, pero las culturas ancestrales, como la de mi pueblo, nos ofrecen una visión mucho más rica y simbólica.
Según la Cosmovisión Zenú, la luna no siempre estuvo en el cielo. En el mito de la creación, se cuenta que, en algún momento de los tiempos antiguos, la tierra empezó a ser calentada por un sol permanente: Ninha, y la noche no existía. Fue necesario que la madre Manexka, que provenía de las estrellas, a petición de los primeros senues se desplazara hacia los cielos para con su energía creadora crear la Thi y, con ella, la primera noche. De este modo, la luna nació como un regalo para los seres humanos, permitiéndoles descansar y equilibrar sus ciclos.

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Hoy en día, algunas teorías modernas sugieren que la luna podría ser algo más que un satélite natural, incluso que podría tener un origen artificial. Esta idea resuena con la cosmovisión Zenú, que habla de seres provenientes de las estrellas y de la intervención de energías superiores en la creación de la vida.

Así, la luna se convierte en un símbolo de conexión entre lo terrenal y lo celestial, un recordatorio de que nuestra existencia está entrelazada con el cosmos de maneras que todavía algunos están descubriendo.

