Para el pueblo Zenú, la muerte no llega de golpe: el alma necesita tres días para comprender su partida y decidir marcharse.
Por eso se espera antes de enterrar el cuerpo y se acompaña con rezos, alegría y respeto.
Durante el novenario, el altar con agua y algodón ayuda al difunto a soltar su forma física y encontrar la paz.
Así, la muerte se vive como un tránsito y no como un final.

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