En la loma donde hoy se alza la iglesia de San Andrés Apóstol, en el resguardo Zenú de San Andrés de Sotavento, laten capas de memoria que anteceden a la piedra colonial. El valle del Bajo Sinú fue desde tiempo inmemorial territorio de los Zenú (también se nos llama sinúes, sinuanos, Cenues o cenuques): somos un pueblo que modeló el agua, la tierra y la trenza de la vida con sistemas de manejo hidráulico, tejidos y oficios que aún preservan su huella.

La tradición oral de nuestra comunidad conserva relatos que sitúan en aquella lomita —un punto alto, visible en el paisaje local— un centro ceremonial antiguo. Allí, antes de la llegada de los Españoles, realizábamos pagamentos y ofrendas en contacto con la tierra, los ancestros y los espíritus del agua y los bosques: rituales para pedir fertilidad, protección y equilibrio, y prácticas que anudaban el mundo humano con los seres no humanos. Esa memoria de uso ritual coincide con un patrón extendido en la región: las elevaciones, montículos y puntos altos funcionaban como nodos sagrados y como referentes territoriales.

La leyenda más conocida de nuestro resguardo es la del Caimán de Oro: un tótem protector enterrado bajo el territorio, cuya cabeza o corazón queda bajo la zona de la iglesia y cuya cola se extiende simbólicamente hasta humedales y cerros vecinos (como el cerro Tofeme). Ese relato funciona como mapa mítico del territorio —explica límites, rutas de agua subterránea y la relación entre los pobladores y su paisaje— y sigue presente en nuestra vida simbólica y en la iconografía local (desde esculturas hasta la presencia de la babilla como emblema cultural).

Los cronistas de la época colonial y las investigaciones contemporáneas muestran que muchos lugares indígenas fueron reapropiados por la presencia colonial —las capillas y plazas se instalaron frecuentemente en puntos ya significativos para las poblaciones originarias—, lo que hace plausible (y valiosa) la hipótesis de continuidad ritual en la lomita de la actual iglesia: el espacio fue recodificado sin perder del todo su carga simbólica. En el Resguardo de San Andrés de Sotavento esa continuidad es observable hoy en prácticas, festividades y en la fuerte presencia de relatos míticos que articulan nuestra comunidad y territorio.

Para acercarse con respeto a esa memoria: conviene escuchar las voces del resguardo, leer las investigaciones antropológicas y, cuando se visite el lugar, reconocer su doble naturaleza —como centro de religiosidad católica contemporánea y como paisaje cargado de tradición indígena—. Mantener esa perspectiva permite comprender por qué una lomita con una iglesia puede seguir siendo, para muchos habitantes, un punto sagrado donde el pasado y el presente dialogan en ofrendas, memoria y cuidado de la tierra.

Como mujer medicina y Sabedora Sinuana, guardo el fuego de nuestros ancestros, la voz de mi territorio y de la Madre tierra, para que cada espíritu encuentre equilibrio y cada corazón, su camino.
